«La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo».
Nelson Mandela
¿Y si aprender a vivir también formara parte de nuestra educación?
La educación que recibimos… y la que todavía podemos elegir
El sistema educativo ha permitido que millones de personas aprendamos a leer, escribir, convivir o desarrollar una profesión.
Sin embargo, también nació en una época en la que la prioridad era formar personas capaces de adaptarse a un mismo modelo industrial:
- Memorizábamos.
- Competíamos.
- Nos comparábamos.
- Nos evaluaban a todos con criterios muy parecidos.
Aunque cada uno aprendiera de una forma distinta.
Seguro que conoces esa ilustración en la que aparecen un pez, un mono, un pájaro, un elefante y una ardilla delante de un examinador.
Y este les dice:
«Para que la evaluación sea justa, todos vais a hacer el mismo examen: trepar a un árbol».
Es imposible que una prueba así mida el verdadero potencial de cada uno.
Y, sin embargo, muchas veces hemos vivido algo parecido.
Educar significa extraer
La palabra educar proviene del latín educare, que significa extraer.
No llenar.
No imponer.
Extraer.
Eso cambia por completo la forma de entender el aprendizaje.
Quizá el conocimiento más importante no sea el que alguien introduce en nosotros.
Sino el que conseguimos descubrir.
Hacer buenas preguntas
Sócrates decía que él no enseñaba respuestas.
Ayudaba a las personas a encontrarlas.
Lo hacía preguntando.
Porque una buena pregunta puede cambiar una vida.
Quizá por eso, en el Método MBO®, dedicamos mucho más tiempo a formular preguntas que a dar recetas.
¿Qué necesitas realmente?
¿Qué parte de ti está tomando esta decisión?
¿Qué vida quieres construir?
Las respuestas importantes rara vez vienen de fuera.
Nadie aprende igual
María Montessori defendía que el niño debía ser el protagonista de su propio aprendizaje.
Décadas después, Howard Gardner habló de las inteligencias múltiples.
Otros autores investigaron los distintos estilos y ritmos de aprendizaje.
Todos apuntaban en la misma dirección.
No existe una única forma válida de aprender.
Y tampoco de vivir.
- Hay personas que necesitan experimentar.
- Otras leer.
- Otras conversar.
- Otras escribir.
Lo curioso es que muchas seguimos juzgándonos porque algo nos cuesta.
Como si todas tuviéramos que aprender igual y al mismo ritmo.
Tu zona de excelencia todavía te está esperando
A menudo pensamos que no servimos para algo.
Pero quizá simplemente estamos intentando trepar un árbol… siendo un pez.
Cada persona tiene unos talentos naturales.
Una zona de excelencia.
Un lugar donde aprender deja de ser un esfuerzo constante y empieza a convertirse en disfrute.
Encontrarlo no siempre es inmediato.
Pero merece la pena buscarlo.
Ya no importa cómo llegaste hasta aquí
Es cierto.
No todos tuvimos las mismas oportunidades.
No todos crecimos en el mismo entorno.
No todos recibimos el mismo tipo de educación.
Pero hay una pregunta que me hago con frecuencia:
¿Qué más da cómo hemos llegado hasta aquí?
La verdadera pregunta es:
¿Qué podemos hacer con lo que tenemos hoy?
Porque vivir mirando constantemente hacia atrás nos deja atrapados en el reproche.
Mirar hacia delante nos devuelve la responsabilidad.
Y con ella, la libertad.
La formación es la clave de la transformación
Hay una frase que repito a menudo:
Si no te ves capaz, capacítate.
No desde la exigencia ni por «titulitis».
Como un acto de amor propio, de responsabilidad individual.
Podemos aprender sobre comunicación, liderazgo, alimentación, relaciones, gestión del tiempo, finanzas o inteligencia emocional.
La pregunta ya no es si podemos aprender.
La pregunta es si estamos dispuestos a regalarnos esa oportunidad.
Porque quizá el mayor acto de amor propio no sea comprarte algo nuevo.
Quizá sea darte la educación que un día necesitabas y que hoy, por fin, puedes elegir.
En el Máster en Orden Vital® empezamos precisamente por ahí.
Antes de aprender a ordenar el tiempo, las relaciones, el hogar o las finanzas, aprendemos cómo aprendemos.
Descubrimos nuestros talentos, nuestros ritmos, nuestra zona de excelencia y la forma en la que mejor integramos los cambios.
Porque quizá el mayor regalo que podemos hacernos de adultas sea convertirnos en la maestra que siempre habríamos necesitado: una maestra con paciencia, calma, presencia y confianza.
Una que no se juzga por no saber, sino que se da permiso para aprender.
¿Te imaginas?
